SIN PREAVISO

La misma escalera de caracol en hierro fundido de entonces. No guardo un recuerdo muy nítido del momento exacto, pero creo que tenía nueve años cuando la subí por vez primera. Era verano y vestía un pijama blanco de pantalones cortos y dibujos de ositos marrones. Recuerdo lo rápido que la bajé y los brazos abiertos de una madre que esperaba, sonriente, para recibirme. También recuerdo que sólo había un par de fotografías.

Casi tres vueltas y veintilargos peldaños, con forma de cuña, en progresión helicoidal ascendente, que se me antoja como una cadena incompleta de ADN. La barandilla, de elegantes e impensables figuras de volutas, corre paralela a la pared, de la que hoy cuelgan una pocas fotografías más en blanco y negro: Lorenzo hijo, Carmela, Lorenzo padre, Angustias, abuelo Paco y Antonio. La fotografía de la abuela Luisa está borrosa y muy desgastada por el paso del tiempo en mi memoria.

Mis pupilas se acaban de clavar en la escalera. Me veo a mí mirando y viviendo mi vida.

Ayer cumplí cuatro años y juego, coche de metal rojo en mano, con mi hermano Manuel. Carlos no está. Es invierno y está oscuro fuera. Aunque tumbados sobre el suelo geométrico que dibujan las losetas hidráulicas, no parece hacer frío para nosotros, absortos en nuestra lúdica tarea.

Tengo un clan, una pandilla. Tengo dieciséis años, un lugar de reunión y aventuras, muchos pájaros, sueños e ilusiones en la cabeza y una chica detrás de otra ocupando su sitio entre el corazón y el estómago.

En el espejo, junto a mí, está Beau. Sostiene en sus manos una cámara de fotos réflex YASHICA y quiere inmortalizar el reflejo del momento. Yo la miro a ella. Han pasado dos meses y, después del mágico verano, comienza el que será nuestro primer otoño y mi cuarto año en el trabajo.

Tenemos una casa grande y espaciosa. Las paredes, llenas de cuadros. Hay un piano frente a mí, Carlota está preparando su audición trimestral para este jueves. Beíta está muy ocupada con las tijeras, el papel y el pegamento. Beau, para siempre mi Beau, se dibuja a sí misma a lápiz sobre fondo blanco. Mientras, yo escribiendo.

En este mismo instante, justo ahora, el corazón se me encoge, me aprieta y me ahoga. De pie, junto a mí, un niño con pijama blanco y dibujos de ositos marrones me mira y sonríe. Una fugaz mirada a la escalera. Me espera, sin preaviso.

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"SIN PREAVISO" apareció publicado en Salamandria... y 20 "Círculo" - Revista literaria de Este Sur, durante el invierno de 2007. http://www.salamandria.com.